viernes, 4 de septiembre de 2009

Posicion de Enrique Leff en torno al descrecimiento: libro Discursos Sustentables

decrecimiento o desconstrucción

de la economía: hacia un mundo

sustentable

 

Tomado del libro Discursos Sustentables de Enrique Leff

México : Siglo XXI, Editores, 2008.

Pag 66 a la 78

 

la apuesta por el decrecimiento

 

Los años sesenta marcaron una época de convulsiones

del mundo moderno. Al tiempo que

irrumpieron movimientos emancipatorios y contraculturales

(sindicales, juveniles, estudiantiles,

de género), explotó la bomba poblacional y sonó

la alarma ecológica. Por primera vez, desde que la

maquinaria industrial y los mecanismos del mercado

fueran activados en el capitalismo naciente

en el Renacimiento, desde que Occidente abriera la

historia a la modernidad guiada por los ideales de

la libertad y el iluminismo de la razón, se fracturó

uno de los pilares ideológicos de la civilización

occidental: el principio del progreso impulsado

por la potencia de la ciencia y de la tecnología,

convertidas en las más serviles y servibles herramientas

de la acumulación de capital, y el mito de

un crecimiento económico ilimitado.

La crisis ambiental vino así a cuestionar una de

las creencias más arraigadas en nuestras conciencias:

no sólo la de la supremacía del hombre sobre

las demás criaturas del planeta y del universo, y

el derecho de dominar y explotar a la naturaleza

en beneficio de "el hombre", sino el sentido mismo

de la existencia humana fincado en el creci

miento económico y el progreso tecnológico: de

un progreso que fue fraguando en la racionalidad

económica, que se fue forjando en las armaduras

de la ciencia clásica y que instauró una estructura,

un modelo; que fue estableciendo las condiciones

de un progreso que ya no estaba guiado por la

coevolución de las culturas con su medio, sino por

el desarrollo económico, modelado por un modo

de producción que llevaba en sus entrañas un

código genético que se expresaba en un dictum

de crecimiento, ¡de un crecimiento sin límites!

Los pioneros de la bioeconomía y de la economía

ecológica plantearon la relación que guarda

el proceso económico con la degradación de la

naturaleza, el imperativo de internalizar los costos

ecológicos y la necesidad de agregar contrapesos

distributivos a los mecanismos desequilibrantes

del mercado. Del estudio del mit y el Club de

Roma sobre Los límites del crecimiento siguieron

las propuestas del "crecimiento cero" y de una

"economía de estado estacionario". En su libro

La ley de la entropía y el proceso económico, Nicholas

Georgescu-Roegen estableció el vínculo fundamental

entre el crecimiento económico y los

límites de la naturaleza. El proceso de producción

generado por la racionalidad económica que

anida en maquinaria de la revolución industrial,

le impulsa a crecer o morir (a diferencia de los

seres vivos que nacen, crecen y mueren, y de las

poblaciones de seres vivos que estabilizan su crecimiento.

El crecimiento económico, el metabolismo

industrial y el consumo exosomático, implican

un consumo creciente de naturaleza –de materia

y energía–, que no sólo se enfrenta a los límites

de dotación de recursos del planeta, sino que se

degrada en el proceso productivo y de consumo,

siguiendo los principios de la segunda ley de la

termodinámica.

Cuatro décadas después de la Primavera silenciosa

de Rachel Carson, la destrucción de los

bosques, la degradación ecológica y la contaminación

de la naturaleza se han incrementado en

forma vertiginosa, generando el calentamiento

del planeta por las emisiones de gases de efecto

invernadero y por las ineluctables leyes de la

termodinámica que han desencadenado la muerte

entrópica del planeta. Los antídotos que han

generado el pensamiento crítico y la inventiva

tecnológica, han resultado poco digeribles por el

sistema económico. El desarrollo sostenible se muestra

poco duradero, ¡porque no es ecológicamente

sustentable!

El sistema económico, en su ánimo globalizador,

continuó soslayando y negando el problema

de fondo. Así, antes de internalizar las condiciones

ecológicas de un desarrollo sustentable, la

geopolítica del "desarrollo sostenible" generó un

proceso de mercantilización de la naturaleza y de

sobre-economización del mundo: se establecieron

"mecanismos" para un "desarrollo limpio" y se

elaboraron instrumentos económicos para la gestión

ambiental que han avanzado estableciendo

derechos de propiedad (privada) y valores económicos

a los bienes y servicios ambientales. La

naturaleza libre y los bienes comunes (el agua, el

petróleo), se han venido privatizando, al tiempo

que se establecen mecanismos para dar un precio

a la naturaleza –a los sumideros de carbono–, y

68 decrecimiento o deconstrucción

para generar mercados para las transacciones de

derechos de contaminación en la compraventa de

bonos de carbono.

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener

el calentamiento global –el Protocolo de

Kyoto había establecido la necesidad de reducir

los gases de efecto invernadero (gei) de los países

industrializados al nivel alcanzado en 1990–, surge

nuevamente la conciencia de los límites del

crecimiento y emerge el reclamo por el decrecimiento.

Este retorna como un boomerang ante el

fracaso de las políticas globales y nacionales del

reformismo ecológico de la economía, más que

como un eco de añejas propuestas de un ecologismo

romántico. Los nombres de Mumford,

Illich y Schumacher vuelven a ser evocados por su

crítica a la tecnología, su elogio de "lo pequeño

que es hermoso" y el reclamo del arraigo en lo

local. El decrecimiento se plantea ante el fracaso

del propósito de desmaterializar la producción, del

proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal

que pretendía reducir por 4 y hasta 10 veces los

insumos de naturaleza por unidad de producto.

Resurge así el hecho incontrovertible de que el

proceso económico globalizado es insustentable;

que la ecoeficiencia no resuelve el problema de

una economía en perpetuo crecimiento en un

mundo de recursos finitos, porque la degradación

entrópica es ineluctable e irreversible.1

1 Siguiendo a Georgescu-Roegen se ha fundado el Institut

d'Études Économiques et Sociales pour la Décroissance Soutenable;

un Congreso sobre el Decrecimiento Sostenible se llevó a cabo en

París los días 18 y 19 de abril del 2008; el número 35, el más

decrecimiento o deconstrucción 69

La apuesta por el decrecimiento no es solamente

una moral crítica y reactiva; una resistencia

a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto;

una manifestación de creencias, gustos y estilos

alternativos de vida. El decrecimiento no es un

mero descreimiento, sino una toma de conciencia

sobre un proceso que se ha instaurado en el corazón

del proceso civilizatorio que atenta contra

la vida del planeta vivo y la calidad de la vida

humana. El llamado a decrecer no debe ser un

recurso retórico para dar vuelo a la crítica de la

insustentabilidad del modelo económico imperante,

sino que debe fincarse en una sólida argumentación

teórica y una estrategia política. La

propuesta de detener el crecimiento de los países

más opulentos, estimulando al mismo tiempo el

crecimiento de los países más pobres o menos

"desarrollados" es una salida falaz. Los gigantes

de Asia han despertado a la modernidad, y tan

solo China y la India están alcanzando y estarán

rebasando los niveles de emisiones de gases de

invernadero de Estados Unidos. A ellos se suman

los efectos conjugados de los países de menor

grado de desarrollo llevados por la racionalidad

económica hegemónica y dominante.2

reciente de la revista Ecología Política fue dedicado igualmente

al decrecimiento sostenible.

2 Como ha señalado Joseph Stiglitz recientemente, los

países que aplicaron políticas neoliberales no sólo perdieron

la apuesta del crecimiento, sino que, cuando sí crecieron,

los beneficios fueron a parar desproporcionadamente a

quienes se encuentran en la cumbre de la sociedad.

70 decrecimiento o deconstrucción

El llamado al decrecimiento no es tan sólo un

eslogan ideológico contra un mito, un mot d'ordre

para movilizar a la sociedad contra los males

generados por el crecimiento, o por su desenlace

fatal. No es una contraorden para huir del

crecimiento como los hippies de los años sesenta

que quisieron abstraerse de la cultura dominante,

ni un elogio de las comunidades marginadas del

"desarrollo". Hoy ni siquiera las comunidades

indígenas más aisladas están a salvo o pueden

desvincularse de los efectos de la globalización

insuflada por el fuelle del crecimiento económico.

Pero ¿cómo desactivar el crecimiento de un

proceso que tiene instaurado en su estructura

originaria y en su código genético un motor que

lo impulsa a crecer o morir? ¿Cómo llevar a cabo

tal propósito sin generar como consecuencia

una recesión económica con impactos socioambientales

de alcance global y planetario? Pues si

bien la economía por sus propias crisis internas

no alcanza a crecer lo que quisieran las instituciones

económicas internacionales, los gobiernos

nacionales y las empresas multinacionales, frenar

simplemente el crecimiento es apostar por una

crisis económica de efectos incalculables. Por ello

no debemos pensar solamente en términos de

decrecimiento, sino de una transición hacia una

economía sustentable. Ésta no podría ser una ecologización

de la racionalidad económica existente,

sino Otra economía, fundada en otros principios

productivos. El decrecimiento implica la desconstrucción

de la economía, al tiempo que se construye

una nueva racionalidad productiva.

decrecimiento o deconstrucción 71

Economistas ecólogos, como Herman Daly han

propuesto sujetar a la economía de manera que

no crezca más allá de lo que permite el mantenimiento

del capital natural del planeta, es decir la

regeneración de los recursos y la absorción de sus

desechos (tesis de la sustentabilidad fuerte), pero

la economía simplemente no es consciente y no

consiente con tal receta ecológica. No se trata de

ponerle corsé a la gorda economía y de ponerla

a dieta de naturaleza para evitarle un infarto por

obesidad. Se trata de cambiarle el organismo, de

pasar de la economía mecanizada y robotizada

–de una economía artificial y contra natura–, a

generar una economía ecológica y socialmente

sustentable.

Decrecer no solo implica des-escalar (downshifting)

o des-vincularse de la economía. No equivale

a des-materializar la producción, porque ello no

evitaría que la economía en crecimiento continuara

consumiendo y transformando naturaleza

hasta rebasar los límites de sustentabilidad del

planeta. La abstinencia y la frugalidad de algunos

consumidores responsables no desactivan la manía

de crecimiento instaurada en la raíz y en el alma

de la racionalidad económica, que lleva inscrito

el impulso a la acumulación del capital, a las economías

de escala, a la aglomeración urbana, a la

globalización del mercado y a la concentración de

la riqueza. Saltar del tren en marcha no conduce

directamente a desandar el camino. Para decrecer

no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la

economía; no basta querer achicarla y detenerla.

Más allá del rechazo a la mercantilización de

la naturaleza, es preciso desconstruir la economía.

72 decrecimiento o deconstrucción

Las excrecencias del crecimiento –el pus que

brota de la piel gangrenada de la Tierra, al ser

drenada la savia de la vida por la esclerosis del

conocimiento y la reclusión del pensamiento– no

se retroalimentan del cuerpo enfermo de la economía.

No se trata de reabsorber sus desechos,

sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis

que corroe a la economía no habrá de curarse

inyectando mayores dosis de alcohol al motor de

combustión que alimenta a las industrias, a los

autos y los hogares.

del decrecimiento a la desconstrucción

de la economía

La estrategia economicista que intenta contener

el desbordamiento de la naturaleza conteniéndola

en la jaula de racionalidad de la modernidad,

sujetándola con los mecanismos del mercado,

sometiéndola a las formas de raciocinio e interés

prevalecientes, ha fracasado. De la angustia ante

el cataclismo ecológico y el descrédito de la eficacia

y la moral del mercado, nace la inquietud por

el decrecimiento.

La transición de la modernidad hacia la posmodernidad

significó pasar de los movimientos

anticulturales inspirados en la dialéctica, a proponer

el advenimiento de un mundo "post" –postestructuralismo,

poscapitalismo– que anunciaba

algo nuevo en la historia, pero aún sin nombre,

porque sólo hemos sabido nombrar positivistamente

lo que es, y no lo por-venir. La filosofía

decrecimiento o deconstrucción 73

posmoderna inauguró la época "des", abierta por

el llamado a la des-construcción. La solución al

crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción

de la economía y la transición hacia

una nueva racionalidad que oriente la construcción

de la sustentabilidad.

La desconstrucción de la economía no significa

tan sólo un ejercicio mental para desentrañar y

descubrir las fuentes del pensamiento y los intereses

sociales que se conjugaron para dar a luz a

la economía, hija del Iluminismo de la razón y

de los intercambios comerciales del capitalismo

naciente, sino de un ejercicio filosófico, político

y social mucho más complejo. La economía no

sólo existe como teoría, como supuesta ciencia.

La economía es una racionalidad –una forma

de comprensión y actuación en el mundo– que

se ha institucionalizado y se ha incorporado en

nuestra subjetividad. La pulsión por "tener", por

"controlar", por "acumular", es ya reflejo de una

subjetividad que se ha constituido a partir de la

institución de la estructura económica y de la racionalidad

de la modernidad.

Desconstruir a la economía insustentable significa

cuestionar el pensamiento, la ciencia, la

tecnología y las instituciones que han instaurado

la jaula de racionalidad de la modernidad. La

racionalidad económica no es una mera superestructura

a ser indagada y desconstruida por el

pensamiento; es un modo de producción de conocimientos

y de mercancías. El proceso económico

no se implanta en el mundo como un árbol que

echa raíces en la tierra y se alimenta de su savia

nutriente. Es como un dragón que va dragando la

74 decrecimiento o deconstrucción

tierra, clavando sus pezuñas en corazón del mundo,

chupando el agua de sus mantos acuíferos y

extrayendo el oro negro de sus pozos petroleros.

Es el monstruo que engulle la naturaleza para

exhalar por sus fáusticas fauces flamígeras bocanadas

de humo a la atmósfera, contaminando el

ambiente y calentando el planeta.

No es posible mantener una economía en crecimiento

que se alimenta de una naturaleza finita:

sobre todo una economía fundada en el uso del

petróleo y el carbón, que son transformados en

el metabolismo industrial, del transporte y de la

economía familiar en bióxido de carbono, el

principal gas causante del efecto invernadero y

del calentamiento global que hoy amenaza a la

vida humana en el planeta tierra.

El problema de la economía del petróleo no es

solo, ni fundamentalmente, el de su gestión como

bien público o privado. No es el del incremento

de su oferta, explotando las reservas guardadas y

los yacimientos de los fondos marinos, para abaratar

nuevamente el precio de las gasolinas que han

sobrepasado los 4 dólares por galón. El fin de la

era del petróleo no resulta de su escasez creciente,

sino de su abundancia en relación a la capacidad

de absorción y dilución de la naturaleza; del límite

de su transmutación y disposición hacia la atmósfera

en forma de co2, de gases de efecto invernadero.

La búsqueda del equilibrio de la

economía, por una sobreproducción de hidrocarburos

para seguir alimentando la maquinaria industrial

(y agrícola por la producción de agro-biocombustibles),

pone en riesgo la sustentablidad de

la vida en el planeta… y de la propia economía.

decrecimiento o deconstrucción 75

La despetrolización de la economía es un imperativo

ante los riesgos catastróficos del cambio

climático si se rebasa el umbral de las 550 ppm

de gases de efecto invernadero, como vaticina el

Informe Stern y el Panel Intergubernamental de

Cambio Climático. Y esto plantea un desafío tanto

a las economías que dependen fuertemente de

sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela

en nuestra América Latina), no sólo por su consumo

interno, sino por su contribución al cambio

climático al alimentar la economía global.

El decrecimiento de la economía no solo implica

la desconstrucción teórica de sus paradigmas

científicos, sino de su institucionalización social

y de la subjetivización de los principios que intentan

legitimar a la racionalidad económica

como la forma suprema e ineluctable del ser

en el mundo. Sin embargo, las diversas razones

para desconstruir la racionalidad económica no

se traducen directamente en un pensamiento y

en acciones estratégicas capaces de desactivar la

maquinaria capitalista. No se trata tan sólo de

ecologizar a la economía, de moderar el consumo

o de incrementar las fuentes alternativas y

renovables de energía, en función de los nichos

de oportunidad económica que se hacen rentables

ante el incremento de los costos de energías

tradicionales. Estos principios, aun convertidos

en movimiento social, no operan por sí mismos

una desactivación de la producción in crescendo.

El ecologismo como normatividad o como fuga

del sistema, genera una contracorriente que no

detiene el torrente desbordado de la máquina del

crecimiento. Por ello precisamos desconstruir las

76 decrecimiento o deconstrucción

razones económicas a través de la legitimación

de otros principios, de otros valores y otros potenciales

no económicos; debemos forjarnos un

pensamiento estratégico y un programa político

que permita desconstruir la racionalidad económica

al tiempo que se construye una racionalidad

ambiental.

Desconstruir la economía resulta ser una empresa

más compleja que el desmantelamiento de

un arsenal bélico, el derrumbamiento del muro

de Berlín, la demolición de una ciudad o la refundición

de una industria; no es la obsolescencia

de una máquina o de un equipo o el reciclaje de

sus materiales para renovar el proceso económico.

La destrucción creativa del capital que preconizaba

Schumpeter, no apuntaba al decrecimiento, sino

al mecanismo interno de la economía que la lleva

a "programar" la obsolescencia y la destrucción del

capital fijo para reestimular el crecimiento económico

insuflado por la innovación tecnológica como

fuelle de la reproducción ampliada del capital.

Más allá del propósito de desmantelar el modelo

económico dominante, se trata de destejer

la racionalidad económica entretejiendo nuevas

matrices de racionalidad y abonando el suelo de

la racionalidad ambiental. Esto lleva a una estrategia

de desconstrucción y reconstrucción; no a

hacer estallar el sistema, sino a re-organizar la

producción, a desengancharse de los engranajes

de los mecanismos del mercado, a restaurar la

materia desgranada para reciclarla y reordenarla

en nuevos ciclos ecológicos. Mas esta reconstrucción

no está guiada simplemente por una "racionalidad

ecológica", sino por las formas y procesos

decrecimiento o deconstrucción 77

culturales de resignificación de la naturaleza. En

este sentido, la construcción de una racionalidad

ambiental capaz de desconstruir la racionalidad

económica, implica procesos de reapropiación de

la naturaleza y territorialización de las culturas.

El crecimiento económico arrastra consigo el

problema de su medición. El emblemático PIB

con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías

nacionales, no mide sus externalidades

negativas. Pero el problema fundamental no se

resuelve con una escala múltiple y un método

multicriterial de medida –con las "cuentas verdes",

el cálculo de los costos ocultos del crecimiento,

un "índice de desarrollo humano" o un

"indicador de progreso genuino". Se trata de

desactivar el dispositivo interno (el código genético)

de la economía, y hacerlo sin desencadenar

una recesión de tal magnitud que genere mayor

pobreza y destrucción de la naturaleza.3

La descolonización del imaginario que sostiene

a la economía dominante no habrá de surgir del

consumo responsable o de una pedagogía de las

catástrofes socioambientales, como pudo sugerir

Latouche al poner en la mira la apuesta por el

decrecimiento. La racionalidad económica se ha

institucionalizado y se ha incorporado en nuestra

forma de ser en el mundo: el homo economicus. Se

trata pues de un cambio de piel, de transformar

al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo

3 Tan sólo un par de meses después de pronunciadas

estas palabras, esta recesión se ha desencadenado no por

una voluntad desconstruccionista, sino por una crisis económica

y financiera de alcances aún incalculables.

78 decrecimiento o deconstrucción

minado del mundo. La economía realmente existente

no es desconstruible mediante una reacción

ideológica y un movimiento social revolucionario.

No basta con moderar a la economía incorporando

otras normas, valores e imperativos sociales,

para crear una economía socialmente y ecológicamente

sostenible. La desconstrucción implica

acciones estratégicas para no quedarnos en un

mero teoricismo, dando palos de ciegos a una

economía desbocada. Pues, si tenemos suerte le

damos a la piñata y nos caen dulces del cielo...

pero también corremos el riesgo de que se nos

caiga la piñata en la cabeza. Por ello es necesario

forjar Otra economía, fundada en los potenciales

de la naturaleza y en la creatividad de las culturas;

en los principios y valores de una racionalidad

ambiental.




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