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jueves, 8 de octubre de 2009

LA OTRA POLÍTICA

Gustavo Esteva

El escándalo por el fallo de la Suprema Corte es legítimo y pertinente. Hacen bien los ciudadanos en mostrar su descontento ante esta legitimación obscena de la violación de los derechos de Lidia Cacho. La reacción, sin embargo, resulta tardía. La Corte desertó hace mucho tiempo de su función. A pesar de algunas intervenciones afortunadas, entró en liquidación no bien tuvo la oportunidad de convertirse en un auténtico órgano de justicia, tras haber languidecido muchos años como apéndice del Ejecutivo.

El punto de flexión se produjo cuando se lavó las manos ante los cientos de controversias constitucionales que se presentaron a raíz de la vergonzosa contrarreforma indígena que produjo el Congreso, contrariando la propuesta de reforma constitucional concertada en los Acuerdos de San Andrés. Esa actuación completó el círculo irresponsable de los tres poderes constituidos: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial faltaron a compromisos del Estado mexicano, no de un funcionario, y se negaron a reconocer a los pueblos indios. Nunca antes una iniciativa de reforma había recibido tanto apoyo. Miles de organizaciones y millones de personas la habían respaldado. No hubo una sola organización que se opusiera a ella. Pero los poderes constituidos desoyeron este clamor nacional para imponer su voluntad excluyente.

El escenario se repite esta semana. Tras el fallo indecente de la Corte vino la decisión de la Cámara de Diputados de aprobar disposiciones que desgarran la Constitución y contribuyen a desmantelar el estado de derecho. Las dos decisiones tienen en común su desprecio por los derechos humanos y tratados internacionales suscritos por México. Felipe Calderón completó el panorama al presentarse vestido de gendarme, la función que parece preferir. Será el encargado de operar esos ejercicios autoritarios.

Mientras esto ocurría en la ciudad de México, una política muy otra se practicó esta semana en San Cristóbal de Las Casas. Se realizó el Primer Coloquio Internacional In Memoriam de Andrés Aubry “…Planeta Tierra: movimientos antisistémicos…”, que hoy concluye con una ceremonia en que se dará conocer un doctorado póstumo para Aubry por su enjundia en la lucha de liberación.

Lo primero que interesa subrayar sobre el Coloquio es la circunstancia en que se organiza. El acoso a las comunidades zapatistas, que nunca ha cesado, se ha intensificado claramente en los últimos meses. En al menos 45 puntos de la geografía zapatista se padecen agresiones cotidianas, que incluyen el intento de despojo de tierras y que reproducen el esquema que definió el horror de Acteal hace diez años: la pretensión de esconder bajo supuestos o reales conflictos entre comunidades la agresión del Estado.

El silencio en torno a estos hechos es significativo. Medios y analistas conspiran con las autoridades en la maniobra que persiste, contra toda razón y experiencia, en el inútil afán de dar marcha atrás a la historia y negar una realidad que les resulta cada vez más incómoda.

En medio de esa tensión, el Coloquio logró reunir a un elenco impresionante de pensadores, del que ha informado ya puntualmente La Jornada y en el que destacan plumas bien conocidas por sus lectores, como Immanuel Wallerstein, John Berger y Naomi Klein. No son acólitos del zapatismo, pero todos los participantes reconocen que fue el detonador de la mayor parte de los movimientos antisistémicos actuales y que sigue siendo hasta hoy fuente de inspiración. Algunos, como Wallerstein, sostienen que es la iniciativa política más radical del mundo, y quizás la más importante, en el momento actual.

La gran diversidad de los participantes contribuyó a la riqueza del coloquio. Presentaron puntos de vista no sólo distintos sino contrapuestos, pero coincidieron en su crítica radical de la teoría dominante y en la necesidad de dar forma a otra teoría, que pueda dar cuenta y explicación cabales de realidades que científicos e intelectuales, tanto como autoridades y políticos, se han empeñado en negar. Una firme posición anticapitalista fue común denominador de las intervenciones, aunque se haya interpretado de muy diversas maneras lo que eso significa.

Las intervenciones del subcomandante Marcos, al término de cada sesión, hilvanaron, a veces en contrapunto con las presentaciones de los participantes, los hilos que se han ido tejiendo en La Otra Campaña, que arrancó hace casi dos años. Se inicia con ellas un nuevo ciclo de debates, que pueden servir de sustento a las iniciativas que en todas partes toma la gente para hacer frente a la guerra abierta y generalizada que se libra contra todas y todos, particularmente contra los rebeldes, los insumisos, los que se siguen afirmando en su dignidad para defender lo propio y resistir la agresión continua del capital y el Estado.

gustavoesteva@gmail.com


3-dic-2007

CRECER O NO CRECER



Gustavo Esteva

Me llovió en la milpa electrónica con esta cuestión. Mi correo se llenó de mensajes, no siempre gentiles y algunos ofensivos, porque hace quince días me animé, en esta columna, a denunciar el cáncer del crecimiento económico.

El correo me confirmó dos convicciones. Por una parte, reveló una conciencia cada vez más amplia y lúcida de que el planeta no podrá soportar muchos años más el impacto de la loca compulsión a crecer propia del capital. Si prosigue su carrera insensata de rapiña y depredación episodios como Katrina, Bangladesh o Tabasco serán condición cotidiana para todos.

Por otra parte, es improbable que podamos organizar la contracción programada de la economía que hace falta. No hay consenso al respecto porque enfrentamos un prejuicio casi religioso. La ciega fe en el crecimiento económico es impermeable a los argumentos, la experiencia y el sentido común. Los hechos no pueden con las creencias.

Es urgente debatir las ventajas de una tasa negativa de crecimiento económico bien concebida para forjar los consensos democráticos que necesitamos. Un par de ejemplos puede acotar el camino.

Las economías de escala generaron el mantra moderno: “Mientras más grande mejor”. Parecía obvio. La producción artesanal de automóviles es interesante pero ineficiente; sólo puede competir en nichos extravagantes del mercado. Y así prosperaron corporaciones privadas o públicas cada vez más grandes.

Es cierto que no conviene producir a una escala menor a cierto umbral, definido según el producto y otros factores. Pero el principio de “tamaño mínimo de planta” debe complementarse con el de “tamaño máximo”, pues pasado otro umbral hay deseconomías de escala. Lo aprendieron muchas corporaciones, que ahora multiplican plantas de “tamaño óptimo”…pero no se aplican a sí mismas el criterio y siguen creciendo. Como no decidirán achicarse, nos toca imponer ese sensato principio a todas las corporaciones que hayan rebasado el umbral de lo conveniente, alcanzando un tamaño peligroso para la sociedad.

Prevalece la impresión de que manejar grandes volúmenes permite ofrecer precios más bajos. Esta media verdad se ha vuelto dogma e inspira la Walmartización del mundo. Las grandes corporaciones comerciales ofrecen precios más bajos no por ser más eficientes sino porque su tamaño les permite imponerse a otros. Se imponen a los poderes constituidos lo mismo que a sus trabajadores, a sus clientes y a los productores, que a su vez, por el deterioro en sus ingresos, llevan a sus trabajadores a nuevas formas de esclavitud. En México, 19 000 muchachos y muchachas, de 14 a 16 años, empacan productos en las cajas de Wal-Mart sin recibir salarios. La empresa lo confiesa sin rubor y sostiene que son “voluntarios” y que cumple con acuerdos “concertados” con las autoridades. No descubro el hilo negro. Todo esto se encuentra bien documentado. Necesitamos actuar.

Al fijar legal y democráticamente límites a estas corporaciones provocaremos una reducción del producto nacional bruto e importantes beneficios sociales y ambientales, con mayor eficiencia en el uso de los recursos. Florecerán, en vez de los monstruos impersonales, establecimientos productivos y comerciales más pequeños, bellos y eficientes, ajustados al sentido de la proporción. Habríamos recuperado la escala humana. Si un ratón alcanzara el tamaño de un elefante se derrumbaría. Lo mismo le pasaría al elefante que se achicara al tamaño de un ratón. El diseño de sus esqueletos corresponde a su tamaño. Las crisis actuales vienen en buena medida de haber rebasado las escalas apropiadas a nuestras dimensiones.

Aún más importante sería combatir la compulsión a consumir. Podemos prolongar el uso de nuestros objetos, resistiendo la presión de quienes quieren que los reemplacemos cuando todavía son útiles. Hay muchos que desechamos por descomposturas reparables. Podemos repararlos nosotros mismos o los “informales”, entre los que estarían jubilados tan desechados como los objetos a quienes podría encantarles hacerlo. Y en vez de percibir la reparación como monserga y pérdida de imagen, sería motivo de placer creativo y orgullo. Mejoraría el bienestar de todos y la justicia social…a costa del PNB. Hay innumerables ejemplos de cómo podemos producir y consumir menos…para vivir mejor.

El desafío principal, en este empeño para tener en poco tiempo un mundo más justo, sensato y eficiente, no está en los monstruos corporativos públicos o privados sino en nuestras cabezas y corazones. Al recuperar el equilibrio y el sentido de la proporción y del límite, de los que carece el capital que nos programa, podremos usar imaginación y creatividad. Las sacaríamos de su sueño y las liberaríamos de las ataduras que les ha impuesto la religión universal del crecimiento económico y el consumismo en que todos hemos sido educados.

gustavoesteva@gmail.com

3-dic-2007

EL CÁNCER DEL CRECIMIENTO


Gustavo Esteva


Se ha hecho posible, al precio de tragedias como las de Tabasco, someter al debate público un precepto central de la religión dominante: la meta del acelerado crecimiento económico. Cincuenta años de propaganda convirtieron este dogma de economistas en prejuicio general. Se acepta ya sin mayor discusión que es algo deseable. Ha llegado la hora de abandonar tan perniciosa obsesión.

Que la economía crezca indefinidamente, junto con la población, parece un principio de sentido común. Pero no lo es. Muchas cosas deben crecer hasta alcanzar su tamaño: las plantas, los animales, las personas. Cuando alguien alcanza su tamaño y algo le sigue creciendo, llamamos cáncer a esa protuberancia. Buena parte de lo que aumenta cuando crece la economía registrada es un cáncer social. Crecen la especulación, la producción irracional o destructiva, la corrupción y el despilfarro, a costa de lo que necesitamos que aumente: la justicia social, el bienestar de las mayorías.

En todos los países hay cosas que han crecido de más, por lo que deben achicarse, y otras que no han crecido suficientemente o que necesitan seguirlo haciendo, para beneficio general. Una alta tasa de crecimiento económico, que se mide con el del producto nacional bruto, expresa habitualmente que sigue creciendo lo que ya es demasiado grande, un auténtico cáncer social, y que se achica lo que debería seguir creciendo.

El crecimiento económico produce lo contrario de lo que se promete con él. No implica mayor bienestar o empleo para las mayorías, o mayor eficiencia en el uso de los recursos. Es lo contrario: genera miseria, ineficiencia e injusticia. Hay abundante experiencia histórica para sustentar este argumento. Continuar planteando una alta tasa de crecimiento económico como meta social es pura insensatez. Ha de atribuirse a bendita ignorancia, a cinismo o a una combinación de los dos.

Hace casi 40 años Paul Streeten documentó rigurosamente, para la OIT, la perversa asociación entre crecimiento económico e injusticia. Demostró que a mayor crecimiento corresponde mayor miseria y que hay una relación de causa a efecto entre uno y otra. Mostró también que el famoso "efecto cascada", la idea de que la riqueza concentrada se derrama sobre las mayorías hasta generar su bienestar, es una ilusión perversa sin mayor fundamento.

Concentrar el empeño social en el crecimiento económico encubre lo que realmente se persigue: mayor opulencia de unos cuantos, a costa de la miseria general y la destrucción del patrimonio natural. Esto resulta apenas lógico, porque esa obsesión de economista no hace sino aplicar al conjunto de la sociedad una necesidad estricta del capital que sólo a él se aplica: capital que no crece, muere; y así ha de ser indefinidamente. Por eso cultivar la obsesión implica girar un cheque en blanco a los cabecillas del mercado o el Estado para que hagan de las suyas en nombre de un bienestar general que nunca llega y que, por esa vía, nunca llegará.

Necesitamos recuperar el sentido de la proporción, que no es sino otra forma del sentido común, el que se tiene en comunidad. Contra la sociedad del despilfarro, el desecho, la destrucción y la injusticia, la que produce el calentamiento global al que ahora se achacan los desastres causados por la irresponsabilidad, podemos levantar el valor de la renuncia sensata y responsable a lo innecesario en nombre de metas sociales viables, que descarten para siempre la idolatría del crecimiento económico.

Ha llegado el tiempo de plantearnos seriamente las ventajas de una tasa negativa de crecimiento general, especificando con claridad lo que queremos seguir estimulando. Se trata, por ejemplo, de apoyar a sectores altamente eficientes, productivos y sensatos, como los que forman la mayor parte del perseguido “sector informal”. Eso implica concentrarse en ampliar las capacidades productivas de las mayorías, en vez de dedicarse a apoyar a gigantes ineficientes. La pesadilla de los economistas: una caída en el producto bruto, podría ser una bendición para la mayoría de la gente. .

Es hora de detener la locura dominante. Han de crecer unas cosas y contraerse otras. Que aumenten nuestras capacidades de sustento y nuestra autonomía vital. Que se amplíen los espacios y maneras en que podemos ejercer nuestra libertad e iniciativa. Que se multipliquen las oportunidades propicias para la vida buena, según la manera en que cada persona y cultura defina en qué consiste vivir bien. Y que, para hacerlo posible, se reduzca el peso de una economía registrada que nos agobia y oprime, en todo aquello que contraríe la buena vida de todos o destruya la naturaleza.

gustavoesteva@gmail.com


(19-nov-2007)



martes, 16 de diciembre de 2008

COSA DE TAMAÑOS-GUSTAVO ESTEVA

COSA DE TAMAÑOS-GUSTAVO ESTEVA

En este artículo, Esteva se refiere a un autor muy citado por Jean Robert y al parece también por Ivan Illich: Leopoldo Kohr, maestro de Schumacher, el de Lo Pequeño es Hermoso, quien ofrece un criterio fundamental, cuando se hacen propuestas: el problema de la escala, del tamaño de las cosas y de los instrumentos. Me resulta inspirador desde hace algunos años, con relación al tamaño de las ciudades y de las comunidades. Estimo que es un autor fundamental en el tema del Descrecimiento.

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La Jornada, 15 de diciembre

Gustavo Esteva
gustavoesteva@gmail.com

Cosa de tamaños

Las crisis económicas de hoy no corresponden a los ciclos, sino al tamaño. Los remedios que se aplican, de corte keynesiano, resultarán peores que la enfermedad. Lo anticipó el propio Keynes, cuando escribió que para 1955 casi todos los gobiernos y agencias encargadas de los manejos financieros habrían adoptado sus políticas, a pesar de que, para entonces, "no sólo serían obsoletas sino peligrosas". Los hechos han confirmado su perspicacia y su melancolía. Lo que sirvió ayer hoy resulta contraproductivo.

Es la hora de don Leopoldo Kohr, el primero que introdujo en los debates contemporáneos la noción de escala. Según él, nuestra arrogancia nos habría hecho perder sentido de límite, convirtiéndonos en aprendices de brujo incapaces de someter a control nuestras propias creaciones. Kohr fue uno de los pocos analistas que logró identificar la naturaleza de las fuerzas que produjeron el colapso de la Unión Soviética. Pero nunca alcanzó la fama de Schumacher, su discípulo, quien popularizó una visión superficial de sus ideas.

Una sencilla analogía permite captar el sentido de su teoría de la morfología social. Si un ratón adquiriera el tamaño de un elefante se derrumbaría; su esqueleto corresponde a una escala que aún resulta apropiada en el tamaño de una rata grande, pero no en el de un elefante. Lo mismo a la inversa: un elefante reducido al tamaño de un ratón caería sin remedio: no tendría soporte adecuado. Las cosas, naturales y humanas, han de existir dentro de la escala que les corresponde, con sentido de su proporción.

Según Kohr, la integración económica, el crecimiento y el efecto expansivo producido por los controles gubernamentales, eficaces para atenuar los ciclos económicos convencionales, magnifican los de tamaño, ignorados por la teoría económica. Lo que está ocurriendo ahora no es sino la consecuencia de la repetición incesante y ampliada de las políticas adoptadas desde el término de la Segunda Guerra Mundial: en vez de remediar los ciclos económicos los hicieron ocultos. La desregulación no fue sino otra forma de intervención gubernamental, en el contexto de la globalización. Sus efectos nefastos, ahora reconocidos, no podrán ser compensados o corregidos por nuevas intervenciones que intenten operar a la misma escala.

La perfecta visibilidad y un margen apropiado de seguridad de los errores humanos y de cálculo son condiciones indispensables para el control efectivo de las actividades económicas. No pueden cumplirse ya. Ninguna medida adicional puede someter a control las actividades económicas, que desbordan claramente toda posibilidad de control humano. Se carece de visibilidad, como ilustra el misterio que aún rodea a los instrumentos financieros asociados con la crisis actual. En cuanto a los errores, en la escala actual de las operaciones hasta los más pequeños pueden producir resultados enteramente opuestos a los que se requieren y hacer inviable la corrección a medio camino. Kohr compara esto con un lanzamiento a Marte: un mínimo error de cálculo puede llevar el proyectil en cualquier dirección, hasta que se haga imposible todo control. Es una descripción puntual de lo que ocurre.

Si el problema que enfrentamos es cosa de tamaño, no de ciclo económico, sostiene Kohr, en vez de intentar un aumento de los controles gubernamentales para que igualen la escala devastadora de la nueva clase de fluctuaciones económicas, lo que hace falta es "reducir el tamaño del cuerpo político que les proporciona su escala devastadora, hasta que vuelva a igualarse con el talento limitado de que disponen los mortales ordinarios, que integran todos los gobiernos, hasta los más majestuosos".

"En vez de centralización y unificación, tengamos localización económica," recomendaba don Leopoldo. "Remplacemos las dimensiones oceánicas de la integración de las grandes potencias y los mercados comunes, mediante un sistema de diques de mercados locales y pequeños estados, interconectados pero altamente autosuficientes, cuyas fluctuaciones económicas puedan ser controladas, no porque nuestros líderes tengan diplomas de Oxford o Yale, sino porque las ondas de un estanque, no importa quién las mueva, nunca pueden asumir la escala de las grandes olas que atraviesan las masas de agua unificadas de los mares abiertos."

Las clases políticas y sus gobiernos no harán lo que hace falta. No tienen los tamaños, ni la ideología ni las capacidades políticas que se requieren. No le hicieron caso a Keynes, que anticipó las consecuencias negativas de sus propias políticas. Tampoco tomaron en cuenta las advertencias de Kohr. Seguirán profundizando las crisis actuales, incapaces de lidiar eficazmente con lo que las provoca. Sólo es posible hacerlo desde abajo, a la izquierda, donde existen los tamaños y el tamaño apropiados. Y lo haremos, a condición de no dejarnos llevar por las necedades, corruptelas y disputas interminables a que se dedican allá arriba.