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martes, 23 de febrero de 2010

Se ampara ejidatario contra expropiación en Tlahuac

Se ampara ejidatario contra expropiación en Tlahuac
Laura Gómez Flores
Periódico La Jornada
Lunes 22 de febrero de 2010, p. 33
Un juzgado federal otorgó amparo a un ejidatario de Tláhuac contra la expropiación de su parcela y el derecho de servidumbre de paso en favor de la línea 12 del Metro, con lo que la administración local "debe llegar a una buena negociación sobre el precio del metro cuadrado del predio y/o bien parar la obra", señalaron Gabriel Reyes y Álvaro Ramírez, voceros de los afectados en San Francisco Tlaltenco. En conferencia señalaron que otros trámites están en proceso con la misma argumentación, pues la expropiación de sus tierras no se justifica legalmente, "cuando no existe un padrón de propietarios, con lo que la compra-venta de varios terrenos se hizo al margen de la ley".

viernes, 5 de febrero de 2010

decrecimiento::: El taimado arte de destruir ciudades

Un texto muy interesante.....
decrecimiento

desde el blog  decrecimiento 



Posted: 04 Feb 2010 08:49 AM PST

Sobre la tendencia totalitaria del fenómeno urbano

La ciudad es un modelo particularmente revolucionario de asentamiento humano aparecida por primera vez durante el IV milenio a.C. en la Mesopotamia. El verdadero Edén fue una ciudad, no un jardín. Allí nacieron la escritura, la contabilidad, las ciencias, las artes y la verdadera democracia; las ideas de libertad y revolución, la sexualidad no convencional, la poesía, la historia y la filosofía; pero también, la burocracia, las jerarquías, las clases, los ejércitos regulares y el dinero.

Pausanias rehusaba llamar ciudad a los agregados construidos sin plaza ni edificios públicos, es decir, sin espacio público, sin un lugar de participación e intervención directa de las ciudadanía, sin un terreno para la política comunitaria (política viene de polis, ciudad en griego). En efecto, en la ciudad, gobierno, justicia, fiesta, mercado, teatro, pensamiento, ceremonial y pedagogía, o sea, todas las actividades consideradas públicas, transcurrían al aire libre o en lugares abiertos. Sus límites estaban perfectamente definidos por un recinto urbano protegido por fosos y murallas.

Existía una clara distinción entre la ciudad, la forma excepcional de un espacio habitado, y la no ciudad, el campo, la forma habitual. Conservando tales criterios, ninguna urbe conocida hoy en día podría considerarse ciudad, puesto que ninguna dispone de espacios públicos. Las rotondas han substituido a las plazas vacías y las zonas verdes a los jardines públicos, testimonios de un pasado sobre el que se hizo, teórica y prácticamente, tabla rasa, mientras que sucesivas autopistas periféricas marcaban la frontera momentánea a rebasar por una ininterrumpida oleada urbanizadora.

La urbe totalitaria surge de la destrucción y de la fagocitación del espacio rural; no se distingue de su entorno sino por la densidad edificatoria, siempre en aumento; no tiene puertas ni límites, sólo cinturones viarios con muchos carriles, verdaderos tentáculos mediante los cuales aquella envuelve a todo el territorio en un abrazo letal. A la variedad y originalidad de las calles y las plazas de la ciudad tradicional, opone la vulgaridad y monotonía de las barriadas yuxtapuestas. A la belleza de sus arquitecturas que manifiestan un amor a la vida y a todo lo humano, la urbe sobrepone la monstruosidad de monumentos que pretenden simbolizar el progreso y la modernidad. Las decisiones que conciernen a sus habitantes son tomadas en espacios bien cerrados, por no decir blindados, a menudo privados, defendidos por esbirros y telecámaras. Nada ocurre gratuitamente, ni siquiera los grandes espectáculos deportivo-culturales que jalonan las etapas urbanizadoras: los accesos son de pago, siempre hay que comprar entrada.

La vida cotidiana transcurre o bien dentro de un vehículo, o bien en una casa dormitorio bunkerizada. Si la muerte en la ciudad había siempre acarreado una manifestación de duelo público, en la urbe totalitaria es un asunto privado sin importancia que no concierne más que al difunto. Vida y muerte son tan semejantes que apenas pueden distinguirse. La insensibilidad general es el resultado: los muertos vivientes no se preocupan ni de los sufrimientos ajenos, ni del aire que respiran.

En el marco de una expansión infinita, el territorio rural pierde su patrimonio histórico, sus leyes propias, sus tradiciones locales y sus señas de identidad, para convertirse en satélite amorfo de la conurbación central. En realidad es un territorio considerado edificable, residencial, zona logísitica o lugar de paso; en suma, una prolongación de la urbe a la que trasladar sus penosas condiciones de supervivencia y su manera especial de entender el progreso: carestía, consumismo, atascos, insalubridad, neurosis, ruidos, contaminación y comida industrial. No será ya el amor a la libertad, la solidaridad o la vindicta de clase lo que podrá caracterizar al habitante, sino las virtudes del ciudadano moderno, a saber, el miedo al prójimo, el odio racial y la manipulabilidad, condiciones políticas fascistas. En realidad el territorio podría definirse como el espacio intersticial entre dos conurbaciones, y como tal, destinado a suprimirse mediante las infraestructuras de circulación rápida y la concentración de la población dispersa.

El territorio racionalmente ocupado, es decir, con densidad de población baja, ideal para la forma de vida rural, es inviable para la economía capitalista. Se han hecho números y la vida en el campo resulta parca en ganancias monetarias; hay que concentrar a sus habitantes alrededor de un centro comercial y de ocio, encerrarlos en sus casas y enchufarles la tele. Podrá ser malo para los habitantes, pero es bueno para la especulación inmobiliaria, la motorización y el negocio turístico; por lo tanto, bueno para la economía, que es quien a la postre decide.



El verdadero urbanismo surge con la revolución industrial. A lo largo de la historia la ciudad había padecido los embates de poderes totalitarios, pero nunca sus elementos habían quedado atrapados en una relación social abstracta, nunca habían sido mediatizados completamente por cosas, fuesen mercancías, trabajo o dinero. Eso empezó a ocurrir con el ascenso de la burguesía al poder. Si el primer urbanismo burgués proclamó la ciudad como lugar privilegiado para la acumulación del capital, solamente cuando esa función fue declarada única podemos hablar de totalitarismo. De un dominio formal del capital se pasó a un dominio real. He llamado a esa fase urbanismo desarrollista, pues en esa etapa histórica que preludia a la urbe fascista, queda fijada la prioridad del crecimiento económico y urbano por encima de cualquier otra consideración. Tal propósito vino sellado por un pacto social entre los capitostes políticos, los empresarios nacionales y los dirigentes sindicales que proporcionó treinta años gloriosos de beneficios y transformó a las clases peligrosas en masas domesticadas.

Las grandes familias burguesas cedieron el mando a mánagers y cuadros ejecutivos. De una sociedad de productores se pasó a una sociedad de consumidores; de una economía industrial, a otra de servicios; de un capitalismo nacional tutelado por el Estado a un capitalismo global dirigido por las altas finanzas. El desarrollismo urbano es un periodo de transición que debuta con la aniquilación de la agricultura campesina y finaliza con la crisis de la industria. A partir de ese momento todos los problemas serán reducidos a su dimensión técnica, especialmente los urbanísticos. En adelante, la política, la economía, el derecho y la moral carecerán de autonomía, y sólo podrán ser abordadas desde la técnica, en nombre del progreso y del futuro entendidos, claro está, como progreso y futuro técnicos.

Cuando la tecnología se sobrepone a cualquier discurso ideológico y ocupa una posición central, todas las cuestiones se resuelven partiendo de ella. La modernización tecnológica será la clave para superar todos los obstáculos y el criterio fundamental de la verdad modernizada. Y por el contrario, oponerse a ella definirá al enemigo social, al reaccionario, al "antisistema". La libertad existe en una sola dirección, la de la técnica: cualquiera puede ser libre para comprar un coche y tiene derecho a la velocidad; la lentitud y el caminar son actos subversivos. La técnica no es neutral; es instrumento y arma, y en calidad de tales, sirve a quien posee su secreto, a quien enchufa o desenchufa, a quien decide su aplicación. O sea, sirve al poder dominante, al poder de la dominación. Es el matrimonio con el capital lo que la ha puesto al servicio de la opresión, determinando tanto su evolución y desarrollo, como su devenir religioso. La técnica es a la vez condición de existencia y religión de las masas despolitizadas, amaestradas y asustadas. Alcanzado este estadio, la técnica ya es totalitaria. No ya porque abarque la totalidad de la vida, sino porque arrasa con todo. No reconoce límites, puesto que no reconoce la supremacía de lo humano. La misma limitación de los recursos, de la nocividad del ambiente o la degradación de la vida, sirve de estímulo. Hay soluciones técnicas para todo, y no caben otras.

Para el caso que nos ocupa, el urbanismo totalitario, diríamos que es tecnicista, sigue las leyes y los principios de la tecnología, e igual que ella, funciona destruyendo todo lo precedente para reconstruirlo de nuevo a cada innovación. Bajo la dictadura de la tecnología no es que el trabajo se haga precario: la misma existencia se vuelve precaria. Una vez liquidado el proletariado de las fábricas, las fuerzas productivas, ya eminentemente técnicas, son en esencia fuerzas destructivas. El urbanismo, también lo es. El crecimiento económico, que no puede apoyarse más que en medios técnicos, impone gracias a la maquinaria urbanizadora, un estado de guerra permanente contra el territorio y sus habitantes. Por eso los arquitectos y urbanistas habrán de ser juzgados como criminales de guerra. Por eso quienes tratan de contemporizar y aceptan una destrucción negociada acaban traicionando la buena causa del territorio. La lucha antidesarrollista y en defensa del territorio es la única que plantea la cuestión social en su totalidad, puesto que más que nunca es una lucha por la vida. Es la lucha de clases del siglo XXI. No se entiende esa lucha en armonía con un modelo capitalista no cuestionado, es inconcebible fuera del horizonte de la desurbanización y la autogestión territorial. Sólo en los escenarios donde transcurren los combates contra la barbarie urbanizadora podrán soplar los aires de libertad que fueron expulsados de las primitivas ciudades y podrá resurgir las fecundas maneras vitales que caracterizaron la cultura agraria. Hic Rhodus, hic salta!

Elaborado a partir de las charlas, debates y entrevistas ocurridos el 7, 8 y 9 de enero de 2010 en Radio Black Out, en la Librería Calusca de Milán, en la sala Pasquale Cavaliere de Turín, y en la Ex Pescheria de Avigliana (Val Susa).

Miguel Amorós.

lunes, 21 de mayo de 2007

La gran mentira del "desarrollo sustentable"

He señalado, las enormes diferencias que existen entre el ambientalismo y el ecologismo. Con justa razón algunos autores como Andrew Dobson, en su libro Green Political Thought , Routledge, London, 1997, hacen esta importante distinción de la siguiente manera al iniciar su libro. "Creía (y sigo creyéndolo) que el ambientalismo y el ecologismo son suficientemente diferentes como para convertir su confusión en un serio error intelectual; el ecologismo es una ideología política y ciertamente el ambientalismo no lo es en absoluto".
No debería sorprendernos entonces que te encuentres con la sorpresa de que un ecologista como yo, no acepte el consenso de los ambientalistas, con relación al famoso desarrollo sostenible. Sólo en la cercanía de los gobiernos, de los grandes empresarios y de ciertos niveles académicos existe consenso sobre el cuento del desarrollo sustentable: un cuento que por otra parte facilita a los ambientalistas conseguir chambas y poder. En la sociedad, por lo visto, no existe este consenso.

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda; el desarrollo, por más que se le quiera llamar sustentable seguirá siendo insustentable, como lo confirman los últimos quince años en los que se ha aplicado con todo rigor la política de desarrollo sustentable en el mundo y en México. Debes reconocer que todas las tecnologías que se utilizan hoy en día, inclusive las denominadas tecnologías verdes son insustentables en gran medida. Estoy por conocer una tecnología moderna sostenible.

Las carreteras, los aeropuertos, los automóviles, las pavimentaciones modernas son hoy en día, si puede, más insustentables que las antiguas: No hay manera de que pierdan su enorme insostenibilidad de diseño, por más detalles verdes que se le pongan. Los convertidores catalíticos sólo ayudaron a darle mas vida al uso del auto que nos hace perder cada día más tiempo, mata cada día más gente y destruye eficazmente la calidad de vida en la ciudad. Las gasolinas celestiales del Dr. Molina sirven para lo mismo: para ayudar a conservar y fortalecer la producción de autos altamente insustentables.

El desarrollo sustentable impuesto hasta la fecha por los gobiernos del mundo no sólo no ha reducido significativamente el impacto de los autos, de los aviones, de la urbanización y de la producción industrial en su conjunto, sino que ha engañado a muchos ciudadanos en la creencia de que vamos por buen camino en la preservación de los dones de la Naturaleza. Lo cierto: No vamos a ningún lado con la entelequia del desarrollo sustentable. Perdemos un tiempo muy valioso con las distopías del desarrollo sustentable. Mientras se utilicen juntas las palabras desarrollo y sostenibilidad o sustentabilidad( que utilizan los enemigos del Español), no habrá avances significativos en la protección de los dones de la Naturaleza.

Es ya el momento de buscar algo que detenga el Apocalipsis que tenemos frente a nosotros. Lo acaban de decir los lentos científicos del panel internacional del cambio climático: urgen medidas radicales, efectivas. Lovelock coincide cercanamente con nuestras viejas predicciones: posiblemente sobrevivan algunos cientos de millones de seres humanos, con la aplicación del desarrollo sustentable a su máximo: Demasiado Poco, Demasiado Tarde. Es preferible la Edad de Piedra a la desaparición de los seres humanos.

En efecto, soy partidario del descrecimiento económico como solución, como muy convincentemente lo argumenta Paul Aries en su nuevo libro Descrecimiento o Barbarie, o como lo proponen Rabhi, Hulot y Goergescu Roegen, ecologistas de primera línea, de muchos años de trabajo. Las posiciones de hace treinta años que mencionas siguen siendo válidas para muchos pensadores en el mundo. La sociedad industrial no tiene remedio. Lovelok, entre otros, lo reitera.

El crecimiento económico sólo agudiza la pobreza y la destrucción ambiental, como lo confirma la evolución de México en los últimos 20 años en los que ha producido entre 10 y 20 millones de miserables por cada súper millonario, como Slim o Roberto Hernández. Los países ricos no han hecho otra cosa que empobrecer a los países dizque en desarrollo para lograr su propio crecimiento económico. El uso que haces del argumento de los pobres, para defender las ideas del desarrollo es insostenible: es el mismo que han utilizado los partidos políticos mexicanos en los últimos 30 años y cada año hay más miseria y más destrucción de la Naturaleza: el crecimiento económico magnifica la destrucción de la Naturaleza y la creación de la moderna pobreza, peor que la anterior.

En todo el mundo se ha demostrado que la principal depredación ambiental la hacen las sociedades que más se han desarrollado económicamente; lo que significa que desarrollo es igual a magnificación de la depredación ambiental. La idea de que el crecimiento económico mejora el medio ambiente es una gran mentira. Es otro engaño de los financieros del mundo. Así de elemental, el desarrollo sustentable no ha producido resultados en muchos años. No tenemos tiempo para las mañanas que cantan.

Miguel Valencia
miguel.valencia2006@cablevision.net.mx